"Por eso estamos aquí. Porque querermos curar nuestras heridas de posguerra. Porque reiteramos que silencio impuesto no equivale a paz. Porque los políticos han de asumir la incomodidad de este trabajo pendiente, sin refugiarse en la mediocridad de repercutir contra el voluntariado las tareas de recuperación de la memoria, ni atrincherarse en posturas conciliadoras y recovecos de una legalidad que no hacen sino perpetuar el atropello de unos y los privilegios de otros".
Mª Victoria Trigo Bello (Bielsa. Extracto manifiesto leído el 5 de Junio del 2010)




Para ver algunas fotos del acto, pulsa AQUÍ
Dispongo también del audio del acto de presentación de los libros. Si lo quieres, pídemelo por e-mail y te lo envío.




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Sábado 5 de Junio del 2010: La Bolsa de Bielsa, 72 años más tarde
Llego algo antes del mediodía, hora fijada para la lectura del manifiesto junto al momumento conmemorativo en el cual sobre la breve leyenda "En memoria de los que todo lo perdieron por defender la libertad", se lee la lista trágica de los muertos en el valle (veinticuatro hombres y una mujer, ninguno con siquiera tres décadas de vida) y las casas de las que eran miembros.
Nos avisa la organización que el acto debe retrasarse una hora por dificultades habidas en la marcha senderista previa que recrea una parte del recorrido que siguieron las fuerzas de la 43 División en su retirada hacia Francia. Parece ser que algún caminante ha tenido problemas y está siendo ayudado a terminar la etapa. Afortunadamente, nada grave; es la anécdota del día.
Con la demora indicada, y con el goteo de caminantes que llegan al punto de encuentro como fondo, inicia Mª Victoria Trigo Bello la lectura del manifiesto "Heridos de posguerra", texto en el cual se denuncian las trabas a la memoria, al respeto y al reconocimiento de las barbaridades de unos sobre otros, consecuencia de lo cual la historia sigue siendo escrita por los mismos.
Se lamenta Victoria de la fragilidad de los apoyos de una izquierda que califica como descafeinada que, de hecho, pisotea, más de setenta años después, a quienes aún continúan exigiendo justicia. Explica nuestra presencia hoy en este lugar por la necesidad que tenemos de curar nuestras heridas de posguerra para lo cual insta a la clase política al abandono de posturas acomodaticias y de falsos amagos conciliadores al objeto de intentar evitar la perpetuación del atropello de unos y el privilegio de otros.
Termina su intervención con los vivas, coreados por los presentes, a la 43 División y la República.

Faltan cuatro horas para el acto de presentación de los libros "Tiempo destruido", de Víctor Pardo, y "Memorias de un anarquista de Angüés", de Martín Arnal. Lapso temporal que pasará volando en animada tertulia; ante un plato de huevos con jamón y con unos tragos de vino, como es menester. Y en el Refugio de Pineta, convertido en centro de descanso y avituallamiento.
Es momento de confraternizar y hablar al republicano modo; de la situación política mundial, de ZP y sus ocurrencias, de la discutible acción de los sindicatos, del registrador de la propiedad que nos quiere mandar, de los compañeros que nos dejaron, de los que se nos han unido, de la muy curiosa forma de entender la sanidad pública cuando el paciente es quien es, de la capacidad reproductora de los Borbones ...
Hablar de lo que sea y como sea; otra forma de rendir homenaje a los que, junto a tantos otros, nos lo hicieron posible esa primavera del 38 con su resistencia y lucha.







Victoria Trigo, la moderadora y animadora de la presentación de los libros anteriormente indicados, es una mujer interesante. Escritora (*) multipremiada, militante de cuanta causa legítima se cruce en su vida, inquieta, vitalista, firme...
Conduce Victoria el acto presentando a ambos autores (Martín Arnal y Víctor Pardo) y tejiendo un hilo conductor (pregunta va, pregunta viene) que hace del evento de esta tarde un coloquio ininterrumpido y ameno de principio a fín.
La categoría social de los delatores, el linchamiento de Antolino, la "Jaca Española" que se escribía con veneno en vez de tinta, la casualidad que te pone frente a los fusiles, el delito de tocar el Himno de Riego y otras historias recogidas en el libro de Víctor (Tiempo destruido) son el punto inicial de la intervención de la conductora.
Toma el autor el relevo comentando el cosmos que componen esas pequeñas historias que recoge y las circunstancias en que se ha ido gestando su obra. Reconoce que tras cuarenta años de dictadura, una inmodélica transición y el vertido continuo de sal en las heridas abiertas de las familias de las víctimas, muchas de ellas buscaron la paz interior tratando de apartar de su vida los hechos injustos de que fueron objeto. De hecho, muchos hijos de los testigos del horror que entrevista Víctor desconocen la historia de sus padres hasta que los escuchan hablar. Una manera de sobrevivir, de escapar al envenenamiento diario que supone rememorar constantemente el suceso que marca un antes y un después en la vida de un sujeto. Y menciona también Víctor que hay quien, aún con todo, sigue optando por el empecinado silencio en negativa vital ya a la verbalización del recuerdo luctuoso.
Se detiene Víctor, derivaciones de la entrevista a la que le somete Victoria, en la historia del minero asturiano (de padre fusilado y madre en paradero desconocido) que baja en Tardienta por razones nunca exactamente explicadas. A partir de este instante, asistimos a la descripción detallada, tristemente irónica en ocasiones (duros y bebedores guardiaciviles de entonces, ya se sabe que los mineros asturianos son comunistas, convenientemente interrogado ...) del crimen de este hombre que pretendía buscar a su madre en las Ramblas de Barcelona. Termina el relato, narrado a la cadiera manera, con el silencio eterno de la viuda y el juicio a los guardias implicados, sancionados no por la muerte del minero sino por la manipulación del parte oficial.

Por su parte, Martín Arnal explica el deseo que guía su libro: que a ese pueblo al que se le ha ocultado la historia de la república tuviera una idea de cómo fué, que nadie olvidara la represión a la que se sometió ese pequeño pueblo oscense y que se conozcan las posibilidades que se abrieron ante ellos ccon la experiencia colectivista de Angüés.
"Mi lucha no ha terminado", declara Martín tras hacer un breve recorrido por las mil calamidades sufridas. "Para mí la guerra no ha terminado, repite este hombre que sabe que, a día de hoy, aún hay gente que se la tiene guardada,porque aún no ha habido una reunión vencidos -vencedores en la que se juzguen los crímenes de lesa humanidad cometidos y se condene un régimen indigno alzado en armas contra el gobierno legítimo republicano."

Una pregunta acerca de si vamos a la reconciliación y al olvido, da pie a Víctor para, en sopesada respuesta, para denunciar el acoso al que está siendo sometido el juez Garzón por los herederos ideológicos directos de la represión."Mientras esta página de la Historia de España no sea leída de principio a fin, no podremos pasarla", finaliza Víctor.

"La paz no puede llegar si no es a través de la verdad", apuntilla la moderadora antes de dar paso a las preguntas de los asistentes.
Debate,reflexiones, preguntas, consideraciones que puede escuchar el visitante de esta web solicitándome (por supuesto a coste CERO) el archivo MP3 del evento; archivo que remito vía correo electrónico.














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Del libro "Memorias de un anarquista de Angüés" hice ya la reseña correspondiente en su primera presentación, así que al lector interesado en el mismo me permito remitirlo a la página oportuna pulsando AQUí

Por su parte, "Tiempo destruido" es un libro valiente; parido a imagen y semejanza de su autor, un hombre que describe verdades amargas con la elegancia del profesor veterano que abre de par en par las puertas de la historia cercana y, con objetividad incruenta, presenta a los alumnos una realidad que ya nunca más intuirán como extraña. Porque les revolverá las tripas...

Víctor Pardo, ya lo he dicho, es un escritor valiente; no tiene reparo alguno en recrear, con exactitud casi de testigo presencial, sucesos brutales que tienen por victimarios a miembros de la Guardia Civil: el asesinato de Ezequiel Gazo a manos del comandante del puesto de la G.C. de La Puebla de Roda, Manuel Vicente, en una noche de casino, coñac barato, tetosterona, patrioterismo cuartelero, sudor y sangre fácil vertida sin miramientos.O la muerte tras tortura del minero asturiano Florentino Naves en los cuarteles de la GC Tardienta.
Y es que, aunque este último suceso ocurriera en 1958, no fue el último en el que miembros del Instituto Armado fueron verdugos de ciudadanos a los que el azar puso en manos de asesinos vestidos de verde uniforme. A nada de memoria que se tenga, es casi automático recordar el caso Almería (1981), la desaparición de Lasa y Zabala (1983), el crímen de Mikel Zabalza (1985) o la muerte en el cuartel de Roquetas de Mar de Juan Martínez Galdeano (2005) ... Lo cual implica un plus de valor del autor que debe ser reseñado.

Víctor Pardo no puede o no quiere ocultar, ni en su verbo ni en su escritura, el desprecio que le inspiran determinadas conductas; y determinados personajes. Y lo hace con claridad absoluta, citando nombre, apellidos, empleo y actos de cada uno de los victimarios y acompañando la descripción de sus horrores con comentarios cargados de despectivo sarcasmo a los que se creyeron poseedores de las esencias de la bonhomía patriótica española.
Los Barbudos conocidos por su celo fusilero; el uno , muerto entre delirios de locura, y el otro ajusticiado (¡nunca mejor dicho!) de un tiro en la nuca en Madrid, años más tarde. El matarife Mariano Garcés Labarta, trasegando coñac a risotadas en el Bar Flor junto a sus compañeros de orgías de muerte y jactándose de la suciedad roja de su mandil de trabajo. Ricardo del Arco, componiendo vibrantes discursos instigadores de la limpieza de la nueva España. Ramón Sánchez Tovar, que no da abasto , y solicita a los delatores que tengan los cojones (gallardía , en el lenguaje de la época) de firmar las denuncias ... Y tantos otros buenos vecinos que hicieron de la Huesca de la época un infierno de terror y miedo que, aún hoy, el que estas líneas escribe, cree intuír en muchos de los comportamientos de los actuales oscenses. A todos ellos Víctor dedica unas líneas; para que nadie olvide los nombres. Ni de los asesinados ni los de los cobardes que destruyeron sus tiempos.

Víctor Pardo (lo he repetido hasta la saciedad) es un hombre, escritor y periodista valiente. No es el único en esta Huesca nuestra de tantos silencios, de tantos lugares, debates, tiempos y vivencias destruidos. No es el único en esta Huesca donde, bajo la superficialidad de tanto "buen vecino de la ciudad" burbujean desde hace tiempo hervores de memoria, dignidad y ciudadanía consciente. No es el único en esta Huesca desvergonzada de las maneras caciquiles de siempre.
Y este libro que hoy nos presenta es un grito de libertad, un vehemente aspaviento que trata de alejar los demonios familiares con el conjuro de la palabra escrita. Como escribe su prologuista, Ignacio Martínez de Pisón , "leyendo estas siete historias tiene uno la sensación de estar atisbando la entraña misma del mal.[...] Las historias que en este volumen ha reunido Víctor Pardo, todas ellas vibrantes y estremecedoras, tienen mucho de metáfora. Una metáfora desoladora, en todo caso, porque refleja los extremos de vileza e indecencia que puede alcanzar la condición humana."

Tras estas afirmaciones, poco más se puede decir ya. Tan sólo recomendar su lectura, en la seguridad que, aunque la primera vez se lee de un tirón, se volverá a releer una y otra vez.
Y tras ello no volverá a ser lo mismo recorrer las calles, las plazas y los pueblos de esta osca tierra; los escenarios del horror, los actos de crueldad, el inmenso matadero en el que se convirtió esta ciudad, los sucesos que tan cinematográficamente narra Víctor Pardo cambiarán para siempre nuestra percepción de esta , aparentemente, anodina y burguesa capital.

Con un escaso esfuerzo de imaginación podemos ver correr alocadamente entre las tumbas del cementerio de la carretera de Zaragoza al joven Emilio Coiduras, buscando infructuosamente, entre el silbar de las balas, otra oportunidad de volver junto a Emilia; podemos observar los ojos asombrados y aterrorizados de la pequeña Katia Acín que no alcanza a comprender los aplausos y los vítores de sus convecinos cuando los asesinos conducen a su madre hacia su final; podemos sentir la desesperación de Hipólito Arroyos, el empleado de Cruz Roja que descubre entre los fusilados a su hijo José; podemos experimentar la náusea al evocar al canalla civilón que remata a un malherido con un golpe de pala...
Tras leer este libro, no volveremos a ser los mismos.

Título: TIEMPO DESTRUIDO
Autor: Víctor Pardo Lancina
Prólogo: Ignacio Martínez de Pisón
Colección: Amarga Memoria
341 páginas - ISBN: 978-84-613-61217-2

A modo de capítulos:
- Huesca, verano de 1936
- Los músicos de Santolaria
- Conjuración para matar a un cura
- Crónica de un linchamiento
- El médico de la Roja y Negra
- El crimen del Barrio Espada
- El último tren de Florentino Naves



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(*) Con permiso de la autora, Victoria, reproduzco a continuación su relato corto "El Dragón de Komodo". ¿Cómo pueden expresarse en tan escasos párrafos tal cúmulo de sentimientos?

EL DRAGÓN DE KOMODO
Por Victoria Trigo Bello


Tú ya no ibas al colegio. Carlos, Gerardo y yo nos turnábamos para ir a tu casa a explicarte las lecciones para que no perdieras el curso, aunque quizás para entonces ya no hubiera esperanza en que retornaras a clase. Tú, tapado con una manta en el sillón, nos veías sacar los libros y cuadernos ilusionado, como si fuéramos titiriteros con sus cacharros de actuar, pues casi todos los días, después de leerte los temas de Ciencias, de Geografía o de lo que tocara, sisábamos tiempo para algún tebeo o para recortar algún barco de guerra. Tu madre nos daba de merendar torta o pan con quesitos y tú, a escondidas, nos regalabas tu vaso de Cola-Cao. "Este hijo mío cada vez come peor", decía tu madre, pero no lo decía enfadada como las nuestras cuando se quejaban de lo mal que comíamos la verdura o el pescado. Lo decía con la pena de que tú rechazaras un bizcocho, una chocolatina, un flan… Es decir, todo.

Lo que más te distraía era el álbum de cromos, que reservábamos para las tardes de los domingos, convirtiendo la mesa de tu comedor en un lienzo para que nuestros cuatro universos de papel abrieran de par en par aquellas hojas apaisadas en las que convivían los músculos del pie, la serpiente jarretera y el guerrero cafre. Después de navidad, Carlos, Gerardo y yo teníamos cada uno más de la mitad de aquellos trescientos ochenta cromos. Tu álbum iba bastante más retrasado, pues tus ojeras y tus dedos grisáceos como lombrices nunca participaron en el mercadeo infantil de bufanda, moquita y te lo cambio de las mañanas dominicales en la plaza de José Antonio donde nos juntábamos los coleccionistas.

Tú, con tu batín y tus zapatillas de cuadros, te limitabas a sonreír con cada incorporación a tu álbum y a veces -sólo a veces- te quejabas de que sólo te llegaran los cromos que habíamos despreciado nosotros. Pero ninguno de los tres estábamos dispuestos a bajar el listón de la rivalidad. Yo te dije -siempre me dolerá aquella burrada…- que bastante favor era llevártelos a casa a cambio de usar tu pegamento, mucho mejor que nuestras mezclas de harina y agua que con el tiempo amarilleaban y olían a rancio.

Sin embargo, cuando llegó la primavera y ya no te levantabas de la cama, intuimos que debíamos aunar esfuerzos y concentrarnos en un único álbum, en el tuyo. De algún modo entendimos que tú, más que impaciencia por completarlo tenías urgencia, una urgencia de tren que se escapa sin que nadie pueda retenerlo en la estación. Así fue como Carlos, Gerardo y yo emprendimos nuestra cruzada a la búsqueda de cromos para ti. En pocas semanas, tu álbum engordó como si llevara levadura -según el álbum engordaba, tú desaparecías- y a finales de mayo sólo te faltaba un cromo. Era el ciento cuarenta y cinco, el dragón de Komodo. Nadie lo tenía. Varios compañeros estaban igual, a la caza y captura del esquivo dragón, pieza en vías de extinción tanto en la vida real como en la editorial.

Un día, el chulo de Amador llegó a clase jactándose de tenerlo. "Mi padre, como es importante, ha escrito a alguien y me lo han enviado por correo", dijo enseñándonos el mítico ciento cuarenta y cinco ya en su álbum. A la rabia de aguantar a aquel imbécil, se sumaba la certeza de tu cuenta atrás galopante. Sólo nos quedaba una opción. Al salir, acorralamos a Amador, seguros de que nadie acudiría en su defensa. Carlos le arreó un par de guantazos que ni el Virginiano y su amigo Trampas. Gerardo y yo nos ocupamos de su álbum. Ciento veinte, ciento treinta y dos, ciento cuarenta y uno… ciento cuarenta y cinco. Tirón y cromo arrancado, con la pata izquierda del dragón perdida y Amador gritando que su padre conocía a un guardia civil y nos metería en la cárcel.

Fuimos corriendo al hospital, heraldos de un milagro imposible. Ya no nos dejaron pasar a verte, pero aún pegamos el cromo del reptil herido, gracias a que tu madre nos sacó tu álbum de la habitación. Le explicamos que cuando pudiéramos, lo sustituiríamos por uno en buen estado. Ella, asomando una voz que parecía oprimida por aquellas gafas tan oscuras, dijo que éramos muy buenos chicos y nos dio un beso de lágrimas a cada uno.

Al día siguiente, antes de que cerraran aquella caja de color nata, tu madre apartó unas flores y puso el álbum en tus manos. Nosotros, con aquel llanto que nos sangraba piel adentro, comprendimos que el mayor lagarto del mundo, el peligroso dragón de Komodo, había devorado nuestra niñez.