Erés: la miel, con Martín Rufas


En el marco de las VII Jornadas por el río Gállego (variadas y ,además, aliñadas con el picante del descenso de nabatas), se realiza una excursión "mielera" en el pueblo de Erés, sito a unos 3 kilómetros de Biscarrués, con la compañía de Martín Rufas, apicultor de la zona.

Pues bien, en la pequeña localidad de Erés, a eso de las cinco de la tarde, unos cuantos vehículos inventan plazas de aparcamiento junto a cunetas cubiertas de vegetación. De un lado a otro, Martín Rufas va saludando a los llegados mientras Lola organiza el pequeño trayecto en los coches disponibles.
En un tris estamos ya junto al lugar donde nos espera la colmena objeto de nuestra curiosidad; necesitaremos un buen rato aún para atender las últimas indicaciones de Martín en cuanto a vestuario. Que si mucho cuidado con la vestimenta; ropas claras, calcetines por encima de las perneras del pantalón, cremalleras bien abrochadas,mangas largas y a ponerse las máscaras... Y las manos en los bolsillos si no llevamos guantes.

Preparados ya, Martín nos conduce donde nos aguarda el pequeño tesoro: una colmena a la que se acerca mientras rocía insistentemente la misma con el humo que sale de la herramienta que lleva para ello. Los zumbidos de las abejas, de cuyo efecto psicológico saben tanto los ejércitos como los ambientadores de filmes de terror, comienzan a escucharse.¿Será lo suficientemente segura esta redecilla que me cubre cara y cuello?

Martín, con las manos desnudas, manipula los panales que constituyen la colmena. Y los da a quien quiera cogerlos ("Pero no lo dejes caer", advierte) para la foto recuerdo. Nos muestra las celdas, nos explica curiosidades y, de pronto manipula una abeja."Es un zángano, un macho; y lo he castrado", nos explica.
¡Vaya por Dios!, no puedo por menos que murmurar.

Al rato volvemos a Erés. Allí, mientras hacemos tiempo para que el apicultor termine el segundo turno de visita (¿Volverá a castrar algún zángano?), los pequeños saltan y corretean por la zona de hinchables.



Al poco, abarrotamos un pequeño local donde Martín proyecta un documental filmado por él y un equipo aficionado en 1.988; aprendemos que las colmenas pueden ser rústicas o estandarizadas, vemos el proceso de extracción de la miel , partiendo de la operculación (proceso por el cual se quita la cera-miel que sella las celdillas), la posterior centrifugación, el tamizado y el reposo subsiguiente antes de su envasado en tarros de cristal, conocemos que la diferencia entre una abeja obrera y una reina se deriva de la alimentación recibida en sus primeras fases, que la abeja reina copula con los zánganos más fuertes y que éstos pierden su aparato reproductor tras el coito (¡Acabaré poniéndome malo!)

También aprenderemos, en el animado debate posterior, que los mayores enemigos de las colmenas, lo que más ataca la población de las mismas, son las sequías por su repercusión inmediata sobre la vegetación, la utilización de fitosanitarios que pueden afectar a las flores y los abejarucos que son capaces de alcanzar una reina en pleno vuelo nupcial.

Que si un abeja vive un par de meses, una reina sobre cuatro años y un zángano, con suerte llega al primer ..., bueno, éso. Y que además, el zángano procede de un huevo sin fecundar, esto es, que además de tener todas las posibilidades del mundo de acabar mutilado, el pobre macho ni siquiera tiene un padre.

Tras la charla, la jornada termina en animada conversación junto a unos tragos de hidromiel y unos macarrones (pan con vino y miel) para abrir boca.

Recordatorio para mí: preguntar al monje budista que conocí en Panillo las probabilidades que existen de reencarnarse en abeja zángano. Por si acaso ...