Días previos a la festividad de Todos los Santos.
Me gusta conocer el cementerio del lugar en el que vivo; y no por una morbosa visita al piso-piloto que puedo habitar en el futuro.Mis razones son otras:
1.- Creo que para conocer una ciudad es interesante pasear entre sus muertos, protagonistas del acontecer cotidiano, leer sus epitafios, entenderlos ... Son los que han hecho la ciudad que, al fin y al cabo, hemos heredado.
2.- Pienso que dice mucho de los habitantes de una ciudad la forma en que recuerdan a sus finados y la forma en que preservan su recuerdo.
3.- Es para mí un deber de cortesía ineludible presentar mis respetos, por medio de un pausado y reflexivo paseo, a los que me precedieron en el espacio físico que ahora habito.

El caso es que, con la autorización pertinente del Ayuntamiento Oscense para hacer fotos en el interior del Cementerio Municipal, hacia allá me dirijo. Algunas pocas personas se afanan en adecentar lápidas, acarreando cubos de agua y detergente; son los difuntos más afortunados, los que aún tienen alguién que los recuerde, los más recientes...

Pero no; no es así necesariamente. Cierto que he visto lápidas con inscripciones totalmente borradas, cruces rotas con inscripciones raídas por el óxido e ,incluso, simples tarros de cristal a modo de improvisado jarrón sin placa que pueda decirnos nada acerca de quién reposa allí... Pero también he conocido, en una parte "antigua" del lugar a una mujer, ya mayor, colocando unas flores en una cruz de metal anclada en la tierra. No he podido por menos que acercarme y preguntarle. "Son para mi hermana, que murió en 1928, con 20 meses", me responde amablemente. "Llevo ochenta años trayéndole flores y lo seguiré haciendo mientras pueda" asegura con voz firme; mientras la escucho, es mi voz la que amenaza quebrarse ...



En el cementerio oscense que hoy visito (el de la carretera de Cuarte), hay una zona antigua, muy antigua.Inhumaciones en tierra o en nichos de mediados del siglo diecinueve, nada menos. Restos humanos de personas que conocieron de primera mano la guerra de la Independencia.

Y, sellando esos restos, epitafios escritos muchos de ellos con cuidada caligrafía sobre baldosa cerámica.
Epitafios que indican la profesión o méritos del finado ("Comisario de Guerra", "Secretario del Ayuntamiento tal", "Caballero de la órden cual" ...), epitafios que indican el lugar donde yacen varias personas e indican la fecha de cada deceso, epitafios que destacan el estado civil ("soltera") de quién allí reposa...

Declaraciones de indiscutible peso político y humano: "Aquí yace D. XXX, adicto y constante partidario de la Constitución de 1812, murió el 28 de Junio de 1860 a la edad de 61 años. Jamás olbidarán (sic) tus hijos los mandatos y consejos que les diste porque tienen sus pensamientos fijos en este sepulcro donde tu cuerpo existe", y declaraciones también de honra hacia las virtudes del finado y la especial manera de afrontar su destino: "Aquí yace Doña XXX, que murió pacíficamente [...] después de haber sufrido con indecible paciencia y constancia admirable una larga y penosa enfermedad de Parálisis absoluta en el brazo y pierna izquierda por espacio de nueve años, dos meses y doce días permaneciendo todo este tiempo postrada en cama de un lado constantemente, sin quejarse antes bien alababa y bendecía al Señor [...]"

Lápidas que nos hablan de muertes violentas hay muchas. Desde la del señor XXX fallecido en 1877 y que "fué muerto a mano ayrada" a la del Coronel de Infantería asesinado por ETA en 1.991, pasando por aquellas que nos recuerdan la estéril sangría de nuestra ,ojalá, última guerra que ha llenado este lugar de cadáveres de gente jovencísima, muertos unos en acción de guerra y asesinados otros en cobardes sacas de las cuales fueron escenario los muros de este lugar.



Lugar que también conserva, fruto de la ignorancia fanática de quien hacía así flaco favor a su causa, impactos de bala en panteones y en lápidas. Dolor añadido, cuyos coletazos aún nos llegan a los descendientes de los que protagonizaron los capítulos más duros de nuestra historia común del siglo pasado, nuestro ayer más cercano.











Un paseo sosegado como éste, en un ambiente que invita a la reflexión, da para mucho elucubrar y más imaginar.
¿Que tal el planificar un tour por el cementerio de Huesca (1), recorriendo las tumbas "históricas" que aquí se guardan (Familia Acín-Monrás, Gral. de Las Heras, Capitanes Galán y García ...) y aprovechando para dejar escritas en piedra lecciones de historia, arte y filosofía visitables por futuras generaciones que tengan algo más que los libros o internet para conocer sus propias raíces?
¿Que tal si se impide la destrucción de las lápidas más antiguas y se les busca un acomodo, por ejemplo, en un falso bloque de nichos sin profundidad adosado a los muros que rodean el lugar?
¿Que tal recuperar las antiguas cruces clavadas en tierra y devolverles la perpendicularidad perdida por la misma fragilidad de las inhumaciones en tierra?
¿Que tal integrar, en la medida de lo posible, este lugar como una parte más de la ciudad donde poder pasear, charlar con amigos, leer...? ¿Que tal hacer de este lugar de reposo algo más vivo, visitable algún día más al año además de éste?


(1) Idea ya puesta en práctica en Barcelona y que alcanza en París (con visita virtual incluída) su desarrollo más completo. Pulsa aquí para visitar el Cementerio Pere-Lachaise.